EMILIO

Desnudo Artístico 012

Emilio es lindo. Lo conozco hace alrededor de 5 años. Todavía de vez en cuando hablamos de la primera vez aunque a él lo averguence un poco. Si tuviera que usar una metáfora de cómo llegó a mí, diría que apareció en la puerta de mi casa un día de madrugada mientras llovía a cántaros como un perro abandonado, sucio y lleno de llagas malolientes. Temblaba y ya no es parte de la metáfora, tampoco lo es que llovía a cántaros el día que recibí su llamada.
Había decidido no salir, no me gusta manejar bajo la lluvia y cuando estaba a punto de apagar mi celular y desconectarme del mundo, comenzó a sonar. Como siempre, solo números. Incluso cuando conozco ya a los contactos, no hay nombres en mi agenda, solo racimos de números.

-Hola

Escuché una respiración agitada del otro lado de la línea, no debía estar muy lejos, porque de donde venía la llamada también estaba lloviendo.

-Hola -dije de nuevo mientras me asomaba a la ventana.

-Buenas noches.

Emilio es lindo y tiene una hermosa voz. Siempre le he dicho que ha perdido una encantadora carrera como locutor de radio.

-¿Sí? -enseguida me di cuenta que era nuevo, no solo conmigo, sino en el giro.

-Mi nombre es… Pascual, un amigo suyo me dio su teléfono…quería saber si…¿me podría…atender…hoy?- Emilio logró terminar su oración y descubrí uno a uno sus baches, empezando por aquel nombre espantoso que no podía ser el suyo.

-Hoy va a ser complicado para mí…-entonces me interrumpió.

-Solo quiero hablar.

Fue la oración más firme que le he escuchado decir en la vida y fue tanto así, que me convenció.

Casi siempre nos vemos en la habitación del HoluPlus. Adoro el hotel, la vista, las sábanas, nuestra habitación fija, la disposición de los muebles, el sonido del aire acondicionado, la comida, la temperatura del vino blanco. Esta vez Emilio llegó tarde y yo estaba lista hacía más o menos 30 minutos. Le gusta el negro, nada original, muchos hombres prefieren el negro y he descubierto que casi todos los que tienen esta preferencia sufren de traumas maternos (pero eso será otro tema). Para Emilio siempre me pongo convencional, puta pero ejecutiva. El encaje siempre funciona, las medias, los tacos de punta fina, el pelo recogido solo con una hebra que baje por el cuello hasta la mitad de la espalda, aretes pegados y casi imperceptibles. No uso tanga, sino un blumer que resalta el borde de mis nalgas y que lo enferma porque no muestra, sino que sugiere. Uso las uñas cortas, siempre ha temido a las marcas y prefiero quitarle esa preocupación. Maquillaje impecable, de concurso, preferiblemente de femme fatal, labios rojos, ojos perfecta y trágicamente delineados.

Cuando entró, yo estaba semiacostada en el sofá blanco que conoce de memoria nuestras formas y bebía la segunda copa de champagne.

-Perdón

-Shh, esa  palabra no existe Emilio.

Llegó sudado, agitado, había subido por las escaleras porque la espera del ascensor le pareció eterna y ahí estaba. Lo conducí despacio al baño, su demora me había permitido llenar el Jacuzzi, ponerle los pétalos de rosa que me llegan congelados una vez a la semana desde La India y me cuestan una fortuna (fortuna que pago feliz porque conozco de todos sus increíbles efectos). En el agua tibia del Jacuzzi solo los pétalos porque él no soporta las burbujas, le recuerdan a su esposa.

-Ven querido, déjame quitarte toda esa ropa sudada -le hablé despacio, como siempre, murmurando. A veces creo que no me escucha lo que digo de tan suave que le hablo.

Fui quitando una a una sus prendas, acariciándolo apenas con el rumor de mis manos, el olor de mi lengua apenas rozándole el pelo que cubre su piel. Cuando estuvo desnudo completamente, ya estaba tranquilo, ya sus pupilas habían vuelto a su lugar, su respiración era calmada, su pecho subía y bajaba uniformemente. Lo invité a sumergirse en mis aguas. Emilio conoce el efecto, sabe que es el pasaporte a un viaje sin regreso, que dura aproximadamente dos horas y en el que no tiene que hacer absolutamente nada, solo dejarse llevar, cerrar los ojos, dejarse hacer. Las primeras veces, ya hace mucho tiempo, se resistía, quería corretear, terminar sin aire, con dolor en el pecho y la espalda, vencido, a punto del desmayo, del infarto. Después entendió y por eso estaba ahí, metido hasta el cuello en el Jacuzzi que es tan grande que le permite estirar las piernas.

-Espérame un segundo.

Caminé sin prisa, sintiendo cómo su vista me recorría toda, se fijaba en la hebra suelta por el medio de la espalda, en la entrada de mis nalgas que se mecían firmes debajo del encaje negro, en mis muslos engrasados, dispuestos uno delante del otro, en mis pies descalzos, limpios, pequeños, seguros. Me perdí de su ángulo de visión y puede sentir cómo su cuello se extendió buscándome en vano.

Cuando regresé con las dos copas, la botella y el libro, ya Emilio tenía una erección fatal, fatal porque no permite juegos, porque es directa, inminente.

-Ven, te he extrañado -me dijo mientras extendía ambos brazos.

-¿No vamos a leer? – pregunté apartando el libro y conociendo su respuesta.

-Hoy no.

No me dio tiempo a nada, me metió bajo el agua, me corrió mi encaje de 200 dólares recién estrenado y me penetró con prisa. Levanté la cabeza y le mostré mi cuello. Lo enferma mi cuello, mi respiración incómoda y me reí. Lo conozco tanto que podría jurar que lleva dos semanas sin tener sexo. Seguramente por una de esas peleas estúpidas con su esposa, lo más probable es que esté de nuevo durmiendo en el garaje y que no haya encontrado otro espacio en su agenda para este encuentro. Cuando está así se desboca y lo dejo, paso a ser la yegua montada, la muchacha violada, la adolescente en el asiento trasero del carro. Cuando sus ojos se desorbitan de mirarme los senos me porto como la puta de la esquina, la vecina harta también del marido, cansada de la cocina, la grasa, de fregar los pisos. Lo dejo lastimarme y gozo para que goce haciéndolo.

-Ven -le dije en cuatro, fuera del Jacuzzi, llenos de agua, de rosas, resbalosos.

-No me hagas esa mierda.

-Duro, cógeme duro-y me solté el pelo de un tirón. Cuando Emilio viene agresivo la única forma de hacerlo terminar pleno, sin cargos de conciencia, es siendo más terrible que él.

-No la siento, ¿eso es todo lo que tienes para mí, después de dos semanas esa es la cogida que le vas a dar a tu puta?- y me empiné más y partí mi cintura. A veces siento como que se separa de mi cuerpo, que es un apéndice, ajeno, particular.

Conozco la vista desde ese ángulo, es infalible, es un jaque mate, un disparo a la cabeza y aunque no lo pude ver, sé que Emilio cerró los ojos, que intentó frenarse, que se dio cuenta que había cometido el mismo error de muchas veces, que se había dejado arrastrar por el deseo animal que lo hacía débil y pensó en los delfines, en el nuevo proyecto de edificio que le había traído tantos dolores de cabeza, en los planos que debía negociar con el Alcalde al otro día, pero nada. Cuando da el mal paso, la mala pisada, cuando se deja llevar por el instinto siempre termina igual.

-Mierda, eres una puta- y se vino, intentando aguantarlo, guardárselo de nuevo, con placer y dolor, con goce y verguenza.

-Sí, lo soy- e hice el último movimiento de la partida, el que tumba al rey en medio del tablero. Me viré y lo miré, sin dejar de empinar las nalgas, sin dejar de apretársela con todos los músculos de mi vagina que entreno día a día, con mi pelo sobre la espalda y sin poder evitarlo, se vino de nuevo.

Cayó sobre mi espalda, sin poder hacer nada, sin poder mover uno solo de sus músculos, vencido ante sus propias ganas, ante su propio olor de macho buscando a su presa. No recuerdo bien pero seguramente me pidió disculpas 10 veces antes de que el sueño le ganara la otra pelea que intentó librar ese día. No le dije nada, pero yo había vencido, le había dejado con ese gusto a placer. Para esos segundos es que vivo, en torno a esos segundos de éxtasis de cada hombre que conozco se desarrolla mi existencia, ahí está mi placer, mis ansias saturadas, mi goce.

Estoy segura que regresó a su casa con esa sonrisa que solo yo conozco el sitio de donde sacarlas, hizo las pases con su esposa a la que no dejará por nada del mundo porque la ama más que a sí mismo, que la reunión con el Alcalde al día siguiente fue un éxito y que el ramo de girasoles indios que recibí 48 horas después fue otra de sus maneras de decir gracias.

Para esto vivo, no tengo preferencias entre mis clientes, pero Emilio es un tipo lindo.

Sarah Blaim, Marzo 2016.

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