ESTEBAN

posiciones-sexuales

Entonces entré y estaba tirado en el sofá verde. Solo había un sofá verde, una banqueta ajustable y fría y el atril con el lienzo vacío. El dichoso terror al blanco, el que le congela al alma a Marcel el que escribe y a Esteban que pretende dibujar. Había botellas vacías, colillas de cigarros, patas de marihuana y desorden por todos lados. Ni un rincón había logrado preservarse de la crisis de mi pobre artista. Atormentado por esos fantasmas que viene de vez en cuando a hacerle compañía, a traerle montones de inseguridad, de fatalidad, de fracaso.

Muchas veces lo había pensado, si hubiera tenido que vivir una vida diferente, hubiera elegido esta, sentada junto a Esteban en ese sofá. Seguramente me hubiera dedicado a la fotografía, a gran formato porque disfruto de las cosas tremendas, que te dejan sin aliento. Pero cuando entré y vi de nuevo que las musas habían llegado en mal plan, agradecí no haber tenido que usar jamás el plan B.

¿Cómo entrarle, qué decirle? En esos casos siempre es mejor el silencio, el mutis justo, el que viene desde el alma y no desde la boca. Decidí organizar, solté mi bolso de cuero en una esquina, até todo mi pelo en un moño simple, remangué mis jeans hasta donde pude, me quité los zapatos y agarré la primera camiseta que me encontré para no ensuciar mi pulóver preferido con la foto de Bukowski en una de esas escenas “románticas”. Pensándolo bien, todo era bukowskiano en Esteban ese día.

Él me ignoró durante un buen rato, yo lo merecía por aparecer donde no me llamaban, por hacer trabajo voluntario y por no haber aceptado aquella propuesta que acompañó al anillo de la bisabuela que jamás permitió que le devolviera. Intentó no hacerme caso hasta que no el corazón no le aguantó dentro del pecho:

-No puedo más, me estoy muriendo.

Corrí a abrazarlo, solté la escoba y llena de sudor, con el maquillaje desparramado lo besé en la frente. Solo esos besos le son aliciente a los artistas que mueren cada fin de mes. Lloró:

-No puedo más, piden demasiado de mí, no terminan de ponerse de acuerdo y no me escuchan, yo no existo para ellos, soy solo un par de manos con escasa técnica que traduce lo que me susurran. Cada día llegan más.

¿Qué decirle a mi Esteban, al tipo con más talento que conocí en mi vida, dueño de colecciones privadas a los largo y ancho del planeta, lleno de premios con solo 35 años? ¿Cómo recordarle la última vez que me dijo esas mismas palabras? ¿Cómo refrescarle la mente y decirle que detrás de aquel tormento venía otra gran obra maestra?

-Van a acabar conmigo, ¿cuánto puede resistir un hombre como yo? Soy un pobre diablo, Sarah, te necesito tanto- y lloraba mientras hablaba y con toda la cara llena de lágrimas saladas se metió debajo de mi camiseta, escarbó entre mis senos, lambió mi pecho sudado. Lo dejé andar torpe por mi cintura, desabrocharme el jean, barajarme el blúmer y olfatear mi sexo. Pasó su rostro por entre mis labios, mezcló esa salvia que me brota por el olor a macho frenético con todos los líquidos de su cara y entró desesperado con su lengua dentro de mí que lo esperaba. Me abrió las piernas, bien abiertas y empezó a comerme como un muerto de hambre desesperado ante el manjar.

Lo alejé con mi pierna y me empecé a tocar mientras se bajaba el pantalón.  Sus pupilas no cabían en las órbitas de sus ojos y el pelo se le pegaba en la cara. Esteban y yo quedamos uno frente al otro, desnudos los dos, masturbándonos, alejados pero más cerca que nadie sobre la faz de la tierra lo puede estar de otra persona. Nos miramos con furia, con una atrocidad sorda, con esa sed que solo se puede traducir en ganas. Se acercó, me corrió y me penetró hasta el fondo, llegó de un tiro y ahí se quedó por unos segundos. Disfrutó del calor que le ofrecía mi cuerpo, de la humedad, de lo suave de mis paredes, de lo profundo. La sacó despacio y volvió a metérmela todo pero esta vez suave, calculando cada recorrido milimétrico. Tenía los ojos cerrados y sé que estaba dibujando el túnel por donde iba como una cueva prehistórica con pinturas de animales mitológicos esculpidos con piedras. Yo podía sentir los latidos de su pene dentro de mí, podía sentir el semen que rugía como el león antes de salir a enfrentarse con el gladiador, mi vagina temblaba toda y él posaba despacio en cada movimiento. Me conocía tan bien como yo a él, no tuve que decirle que siguiera, ahí mismo, no tuve que pedírsela, caímos los dos. Cuando sentí todos sus demonios dentro de mí, cuando estuve llena, cuando todo se volvió viscoso, intenso, lúgubre, le regalé un orgasmo que salió desde el centro de mi cabeza y erizó cada célula de mi cuerpo exhausto. Sudé más y Esteban me volvió a meter su lengua, chupó mi clítoris, me hizo saltar, empujarle la cabeza, apretar con fuerza mis pies sobre su espalda, gritar ahogándome en cada palabra.

-Dámela, quiero tu leche en mi boca, toda-me habló y de sentir solo su aliento me vine de nuevo. Esta vez todo mi líquido blanco fue a parar a su boca, lo tomó todo, lo recogió poquito a poco y me lo dejó en mi boca para terminar su juego perfecto.

Yo me quedé tirada en su sofá verde, ya no había botellas, ni colillas, ni patas en el piso. Ya las cortinas estaban abiertas y el sol entraba hasta la mitad de la sala en un haz tímido, taciturno, discreto. Él se paró y llenó el lienzo de colores, creo que había caballos, flores, rostros humanos, letras, un amanecer, pinceladas histéricas, plenas.

El sol fue bajando, el sofá se fue volviendo más oscuro y yo tuve que partir.

-No quiero sonar cursi.

-No digas nada-le pedí. Con ganas de que me pidiera de nuevo compartir esas crisis, ser copropietaria de aquel sofá que alteraba sus colores.

Sarah Blaim, Marzo 2016.

 

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