LUCAS

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A Lucas Grima lo perseguí. Jamás me contactó, ninguno de sus conocidos hubiera tenido el valor de recomendarle mis servicios, hubiera sigo una locura mencionarlo. Fue uno de esos días que me regalo para ser alguien común. Desperté como a las 9 de la mañana, me preparé una buena taza de café y me senté en mi ventana a leer. No recuerdo cuál era el libro, pero me gusta en esos pequeños regalos leer a García Márquez. Puede ser que esa mañana caliente hubiera preferido, “El general no tiene quien le escriba”. Cuando el sol estuvo encima de todo me levanté y almorcé, entonces encendí el televisor y lo vi.

-Tiene usted un antecedente familiar muy fuerte, su padre es un ícono de la televisión, ¿qué tan difícil le es seguir sus pasos?-el locutor le preguntó aquello que sospeché que ya había respondido muchas veces.

Lucas se acomodó en su silla. Tenía alrededor de 40 años pero aparentaba 10 más. En esta profesión he aprendido a diferenciar la edad real de la aparente, los signos del rostro me lo dicen, las maneras, los tonos y las inflexiones en la voz lo confirman. Me encanta jugar a eso, descubrir los engaños. Los hombres también le temen a la edad, me atrevería a decir que mucho más que las mujeres. Vestía todo de negro, con un traje elegante pero no hecho a la medida, seguramente uno de esos que su esposa Verónica le compraba para que no anduviera “siempre hecho un harapo”.

-Mi padre es un hombre genial, de los que nacen una vez en siglos, no hay manera de seguirle los pasos-la respuesta no era sincera, detrás de cada palabra, de cada coma pude sentir el dolor de semejante referente, el peso de la figura paterna, del famoso de la familia, del ejemplo perturbador.

Pensé que ese podía ser uno de los motivos de la tristeza alrededor de los labios de aquel hombre que parecía tenerlo todo y sin embargo, no tenía nada. No lo pude evitar, aun siendo mi día abrí la laptop y lo busqué. Sí, era famoso, millonario, poseía uno de los canales de televisión más famosos de España, estaba casado con la madre de sus tres hijos desde hacía 25 años y era considerado un tipo de negocios fiel, agradecido, leal, además de un excelente jefe. Me sorprendió no encontrar ningún escándalo a su alrededor, ninguna infidelidad conocida, ningún hijo bastardo. Parecía una novela y sé que las novelas solo existen en la mala televisión.

-Muchas gracias por invitarme a tu programa, sabes que admiro mucho tu trabajo- Lucas se despidió y entonces, como si supiera que yo estaba del otro lado miró fijo a la cámara. Ese hombre no era feliz y lo merecía, era una tarea para Sarah.

Llegué a la recepción invitada por mi estilista que a su vez era maquillista de su canal. Era la fiesta por fin de año de la compañía y le pedí ir.

-¿Por qué tan interesada, a quién pretendes cazar?

-Necesito que me presentes a Grima-le dije con esa seguridad que él reconoce a mil leguas, sabía que hasta que no lo hiciera no me iba a detener.

Usé un vestido negro hasta el suelo, con cuello alto y mangas largas. Detrás, un escote amplio revelaba las curvas de mi espalda y una abertura dejaba mi pierna derecha al descubierto al sentarme. Nada de joyas, solo un anillo de compromiso que uso en fechas muy señaladas, una reliquia, un obsequio. Nos presentaron cerca de la medianoche, lo había observado por dos horas y veía cómo se marchitaba con cada saludo, con cada sonrisa forzada. Extendí mi mano cuando él esperaba que lo besara.

-Buenas noches, Sarah.

Remi se apresuró:

-Sarah es abogada, está de visita en nuestra ciudad.

Yo solo lo miraba, fijo, estaba cazando, en ese momento era una amazonas, una guerrera a las puertas de su enemigo, todas mis armas arriba y él no llevaba la armadura lista.

-Estas fiestas lo desangran Señor Grima- le dije sin dejar de mirarlo y bajó la mirada unos segundos.

Le empezaron a sudar las manos y aguantó la respiración. Esos hombres saben que los observan segundo tras segundo.

-No podría ser tan buena anfitriona, lo felicito- y dejé que una sonrisa terminara de iluminar mi rostro y el suyo. No pudo, se sonrojó hasta el alma y consiguió decir las primeras palabras.

-Muchas gracias.

Miré a mi alrededor y decidí dar el golpe final. Normalmente no utilizo este tipo de atajos, pero Lucas es un tipo difícil y me caí un poco hacia él. Dejé que oliera mi perfume, me puse la mano en la frente, temblé un poco.

-Perdón, estoy algo mareada, necesito algo de aire – e intenté caminar sola hacia el balcón a oscuras.

Lucas es todo un caballero, ni en el peor de los casos hubiera permitido que saliera sola y me acompañó.

-¿Qué le puedo traer, un vaso de agua fría, quiere que llame a un médico?- estaba preocupado, era un buen hombre.

-No, gracias –forcé un poco más mi voz de enferma – solo necesito tomar un poco de aire, siempre me pasa cuando hay demasiadas personas.

Lucas me miró y le permití observar mi espalda  sin sentirse observado.

-Yo soy parecido, lo único que a mí no me queda otro remedio.

-Los compromisos, esos terribles remedios, todas esas cosas que debemos hacer para complacer al mundo, qué triste- cerré los ojos y le pedí que me llamara un taxi.

-Disculpe, sé que tiene tantas cosas que hacer.

-Voy a llamar a mi chofer, él se encargará.

-No, qué vergüenza, de ninguna manera- y mi cuerpo volvió a desequilibrarse por un mareo.

-Si no fuera tan buen anfitrión la llevaría yo mismo.

No estaba en los planes que yo sonriera, pero no lo pude evitar. Esa noche fue la primera de muchas en las que Paco me llevaría a casa.

Sarah Blaim, marzo 2016.

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