PALOMA

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Paloma estaba sentada en la barra, conversaba con Chagal. A él lo conozco desde hace muchísimo tiempo, fue uno de mis primeros clientes, uno de los más genersos que he tenido en mis 5 años de profesión. Pero esta vez no nos hablábamos, esta vez no era él el objetivo, el interesado. Hacía una semana había recibido su llamada, estaba preocupado por Paloma, su mejor amiga, la hermana que nunca le pudieron dar sus padres.

-Paloma tiene 32 años, es una mujer bella-me explicó Chagal apasionado-cuando la veas te vas a dar cuenta, no hay hombre que se le resista, sin proponérselo es la sensualidad personificada y además, inteligente, culta, simpática, independiente, rica.

No lo dije desde el principio por no pecar de sabionda, pero él tenía razón en dudar.

-A todo el mundo no le es tan fácil como a tí-concluí antes de decirle que aceptaba el trabajo-La homosexualidad sigue siendo un problema y lo sabes, no solo para los que están afuera, sino para los que tienen que explicarse a ellos mismos. Dale, nos vemos el viernes próximo.

Y ahí estaba él con aquella hembra, porque a las cosas, por su nombre. Paloma es una de esas que dejan sin respiración al que sea, consigue helarte en cualquier situación, no importa lo bien puesto que lleves la saya o los pantalones. Analicé sus ojos de color extraño, perfectamente delineados; sus labios carnosos, delicados, frágiles debajo de aquel tono rosado pálido; su cuello estirado que la hacía lucir altiva, orgullosa, fuerte, con aquel colgante fino que se aventuraba hacia el frente y entraba por entre sus dos senos. Lucía un vestido amplio, de seda con flores estampadas que terminaba una cuarta por encima de las rodillas. Hasta las rodillas me parecieron hermosas ese día.

Me había bebido 2 martinis y cuando me descubrí jadeando ante semejante belleza decidí parar. No se mezclan el alcohol y los negocios. Yo había elegido un jean negro ajustadísimo, una blusa roja de gran escote y una chaquetilla negra. Tacones, como siempre, para afianzar ese movimiento de caderas que enloquece a cuanto humano tenga cerca y el pelo suelto, rizado para la ocasión. Puse un codo en la barra y recosté a la palma de mi mano la cabeza, justo frente a ella hasta que llegó el contacto. Me miró y sonreí, pude sentir cómo le tamblaron hasta sus hermosas rodillas y retrocedió, salió rápidamente del ángulo de mi mirada. Fue tan fuerte que Chagal tuvo que mirar a su espalda para encontrarse con que ya yo estaba allí, trabajando. No lo pudo evitar, me lo confesó tiempo después y me habló:

-Hola, buenas noches, ¿nos conocemos de alguna parte?

Yo bajé la cabeza, tímida, los hombres calientes son tan impredecibles.

-Soy médico, quizá nos hemos cruzado en la sala de emergencias-y él también saboreó mi respuesta.

-¿Nos acompañas o esperas a alguien?

-Estoy sola y ya estaba empezando a aburrirme.

Nos mudamos a una mesa y yo quedé entre los dos, por supuesto. Pero esa noche no me interesaba Chagal, no era mi punto de mira, sino aquella mezcla de salvajismo con virgen. Chagal empezó a hacer preguntas, a beber una copa detrás de la otra, era el más nervioso de los tres, no sabía si llevarme al baño y clavarme contra el cristal o arrepentirse y contar toda la verdad. Creo que le dio también un ataque de celos, si resultaba, su amiga disfrutaría la mejor de las madrugadas posibles, gozaría como nunca en su vida lo había hecho.

Eventualmente comenzó a hablar menos por el efecto del alcohol, entonces yo me pude dedicar por entero a mi Paloma que ya no estaba asustada aunque sí curiosa.

-No tienes manos de médico-dijo mirándome cuidadosamente.

-No eres la primera persona en decírmelo, pero con estas manos, hago cosas maravillosas querida-y bajé la derecha poniéndosela de un movimiento, seguro, directo, entre sus dos muslos, tan cerca de la vagina que pude sentir el calor que la invadió desde los pies hasta la punta del pelo. Paloma me miró seria, quería gritarme, hubiera querido poder pegarme aquella galletada que tenía en la palma de la mano, decirme que era una atrevida, preguntarme entre gritos cómo me atrevía a hacer aquello; pero no dijo ni hizo nada, suspiró, me sustuvo la mirada y bajó sus escudos. Saqué mi mano de entre sus piernas y me la llevé a un reservado después de hacerle la seña al barman.

Cuando la senté en el sofá rojo, amplio, listo y cansado de aquellas batallas, pude sentir cómo todo su cuerpo me rogaba que parara y al mismo tiempo que fuera dulce, tierna, que la cuidara. “Eso es justamente lo que pienso hacer”, pensé. La iba a tratar como la princesa que era, solo quería que entendiera, que perdiera el miedo, que el placer le diera fuerzas para gritar aquella verdad.

Estaba sentada y se recostó hacia atrás, yo me puse de rodillas en el piso frente a ella. Comencé besándole las piernas y ella se arqueba con cada roce de mi aliento. Mi lengua recorrió, milímetro a milímetro sus geografías sin prisa, no quería perderme nada y de vez en cuando levantaba mi vista para confirmar que el viaje de Paloma ya había empezado, se me escapaba hacia ese lugar con el que sueñan todos. Llegué y no se enteró cómo, con un movimiento de dos dedos, despejé su blumer de la ecuación. Me miró, había llegado el momento definitivo, nadie está preparado para la verdad, para la dureza de las realidades inevitables y ella intentó incorporarse. De este momento dependía mi vida, mi juego, jamás me han devuelto un pasaporte y con mi otra mano la empujé hacia atrás, casi con violencia, tenía que entender que yo tenía el poder, que yo era la que sabía a dónde ir y cómo. Mi boca estaba llena de saliva y dejé que se desparramara por su clítoris que gritaba alterado. Calor, recuerdo que estaba muy caliente, que me hizo sudar la cara y que no paró de temblar ni un segundo. La segunda vez que acaricié con mis labios su labios, se desmayó por completo, me dio sus armas, se entregó, entonces le abrí las piernas y las pasé por encima de mis hombros, me senté en el piso y con mis dos manos dejé su vida al descubierto. Investigué con mi lengua, jugué despacio, más rápido, arriba, abajo, en los costados, le di pequeñas mordidas que la hacían saltar, llené de saliva el borde del sofá, el piso y Paloma se desintegró mientras ahogaba un gemido que vino desde el mismo centro de su ser, un gemido prehistórico, antiguo, demorado. Perdió la conciencia por algunos segundos, se dejó caer, su cuerpo le pesó toneladas y cuando abrió los ojos, pude ver en ellos a otra mujer. Ese día le nacieron las alas a esa Paloma.

Hace una semana llamó para decirme que iba a llegar a mi buzón la invitación a su boda, se casa con Inés, otra bella mujer que también estuvo en mi cama. Sospecho que van a ser muy felices, pero ella sabe que siempre estaré aquí, las dos, pero sobretodo Paloma.

Sarah Blaim, marzo 2016.

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