ESTEBAN

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Entonces entré y estaba tirado en el sofá verde. Solo había un sofá verde, una banqueta ajustable y fría y el atril con el lienzo vacío. El dichoso terror al blanco, el que le congela al alma a Marcel el que escribe y a Esteban que pretende dibujar. Había botellas vacías, colillas de cigarros, patas de marihuana y desorden por todos lados. Ni un rincón había logrado preservarse de la crisis de mi pobre artista. Atormentado por esos fantasmas que viene de vez en cuando a hacerle compañía, a traerle montones de inseguridad, de fatalidad, de fracaso.

Muchas veces lo había pensado, si hubiera tenido que vivir una vida diferente, hubiera elegido esta, sentada junto a Esteban en ese sofá. Seguramente me hubiera dedicado a la fotografía, a gran formato porque disfruto de las cosas tremendas, que te dejan sin aliento. Pero cuando entré y vi de nuevo que las musas habían llegado en mal plan, agradecí no haber tenido que usar jamás el plan B.

¿Cómo entrarle, qué decirle? En esos casos siempre es mejor el silencio, el mutis justo, el que viene desde el alma y no desde la boca. Decidí organizar, solté mi bolso de cuero en una esquina, até todo mi pelo en un moño simple, remangué mis jeans hasta donde pude, me quité los zapatos y agarré la primera camiseta que me encontré para no ensuciar mi pulóver preferido con la foto de Bukowski en una de esas escenas “románticas”. Pensándolo bien, todo era bukowskiano en Esteban ese día.

Él me ignoró durante un buen rato, yo lo merecía por aparecer donde no me llamaban, por hacer trabajo voluntario y por no haber aceptado aquella propuesta que acompañó al anillo de la bisabuela que jamás permitió que le devolviera. Intentó no hacerme caso hasta que no el corazón no le aguantó dentro del pecho:

-No puedo más, me estoy muriendo.

Corrí a abrazarlo, solté la escoba y llena de sudor, con el maquillaje desparramado lo besé en la frente. Solo esos besos le son aliciente a los artistas que mueren cada fin de mes. Lloró:

-No puedo más, piden demasiado de mí, no terminan de ponerse de acuerdo y no me escuchan, yo no existo para ellos, soy solo un par de manos con escasa técnica que traduce lo que me susurran. Cada día llegan más.

¿Qué decirle a mi Esteban, al tipo con más talento que conocí en mi vida, dueño de colecciones privadas a los largo y ancho del planeta, lleno de premios con solo 35 años? ¿Cómo recordarle la última vez que me dijo esas mismas palabras? ¿Cómo refrescarle la mente y decirle que detrás de aquel tormento venía otra gran obra maestra?

-Van a acabar conmigo, ¿cuánto puede resistir un hombre como yo? Soy un pobre diablo, Sarah, te necesito tanto- y lloraba mientras hablaba y con toda la cara llena de lágrimas saladas se metió debajo de mi camiseta, escarbó entre mis senos, lambió mi pecho sudado. Lo dejé andar torpe por mi cintura, desabrocharme el jean, barajarme el blúmer y olfatear mi sexo. Pasó su rostro por entre mis labios, mezcló esa salvia que me brota por el olor a macho frenético con todos los líquidos de su cara y entró desesperado con su lengua dentro de mí que lo esperaba. Me abrió las piernas, bien abiertas y empezó a comerme como un muerto de hambre desesperado ante el manjar.

Lo alejé con mi pierna y me empecé a tocar mientras se bajaba el pantalón.  Sus pupilas no cabían en las órbitas de sus ojos y el pelo se le pegaba en la cara. Esteban y yo quedamos uno frente al otro, desnudos los dos, masturbándonos, alejados pero más cerca que nadie sobre la faz de la tierra lo puede estar de otra persona. Nos miramos con furia, con una atrocidad sorda, con esa sed que solo se puede traducir en ganas. Se acercó, me corrió y me penetró hasta el fondo, llegó de un tiro y ahí se quedó por unos segundos. Disfrutó del calor que le ofrecía mi cuerpo, de la humedad, de lo suave de mis paredes, de lo profundo. La sacó despacio y volvió a metérmela todo pero esta vez suave, calculando cada recorrido milimétrico. Tenía los ojos cerrados y sé que estaba dibujando el túnel por donde iba como una cueva prehistórica con pinturas de animales mitológicos esculpidos con piedras. Yo podía sentir los latidos de su pene dentro de mí, podía sentir el semen que rugía como el león antes de salir a enfrentarse con el gladiador, mi vagina temblaba toda y él posaba despacio en cada movimiento. Me conocía tan bien como yo a él, no tuve que decirle que siguiera, ahí mismo, no tuve que pedírsela, caímos los dos. Cuando sentí todos sus demonios dentro de mí, cuando estuve llena, cuando todo se volvió viscoso, intenso, lúgubre, le regalé un orgasmo que salió desde el centro de mi cabeza y erizó cada célula de mi cuerpo exhausto. Sudé más y Esteban me volvió a meter su lengua, chupó mi clítoris, me hizo saltar, empujarle la cabeza, apretar con fuerza mis pies sobre su espalda, gritar ahogándome en cada palabra.

-Dámela, quiero tu leche en mi boca, toda-me habló y de sentir solo su aliento me vine de nuevo. Esta vez todo mi líquido blanco fue a parar a su boca, lo tomó todo, lo recogió poquito a poco y me lo dejó en mi boca para terminar su juego perfecto.

Yo me quedé tirada en su sofá verde, ya no había botellas, ni colillas, ni patas en el piso. Ya las cortinas estaban abiertas y el sol entraba hasta la mitad de la sala en un haz tímido, taciturno, discreto. Él se paró y llenó el lienzo de colores, creo que había caballos, flores, rostros humanos, letras, un amanecer, pinceladas histéricas, plenas.

El sol fue bajando, el sofá se fue volviendo más oscuro y yo tuve que partir.

-No quiero sonar cursi.

-No digas nada-le pedí. Con ganas de que me pidiera de nuevo compartir esas crisis, ser copropietaria de aquel sofá que alteraba sus colores.

Sarah Blaim, Marzo 2016.

 

PALOMA

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Paloma estaba sentada en la barra, conversaba con Chagal. A él lo conozco desde hace muchísimo tiempo, fue uno de mis primeros clientes, uno de los más genersos que he tenido en mis 5 años de profesión. Pero esta vez no nos hablábamos, esta vez no era él el objetivo, el interesado. Hacía una semana había recibido su llamada, estaba preocupado por Paloma, su mejor amiga, la hermana que nunca le pudieron dar sus padres.

-Paloma tiene 32 años, es una mujer bella-me explicó Chagal apasionado-cuando la veas te vas a dar cuenta, no hay hombre que se le resista, sin proponérselo es la sensualidad personificada y además, inteligente, culta, simpática, independiente, rica.

No lo dije desde el principio por no pecar de sabionda, pero él tenía razón en dudar.

-A todo el mundo no le es tan fácil como a tí-concluí antes de decirle que aceptaba el trabajo-La homosexualidad sigue siendo un problema y lo sabes, no solo para los que están afuera, sino para los que tienen que explicarse a ellos mismos. Dale, nos vemos el viernes próximo.

Y ahí estaba él con aquella hembra, porque a las cosas, por su nombre. Paloma es una de esas que dejan sin respiración al que sea, consigue helarte en cualquier situación, no importa lo bien puesto que lleves la saya o los pantalones. Analicé sus ojos de color extraño, perfectamente delineados; sus labios carnosos, delicados, frágiles debajo de aquel tono rosado pálido; su cuello estirado que la hacía lucir altiva, orgullosa, fuerte, con aquel colgante fino que se aventuraba hacia el frente y entraba por entre sus dos senos. Lucía un vestido amplio, de seda con flores estampadas que terminaba una cuarta por encima de las rodillas. Hasta las rodillas me parecieron hermosas ese día.

Me había bebido 2 martinis y cuando me descubrí jadeando ante semejante belleza decidí parar. No se mezclan el alcohol y los negocios. Yo había elegido un jean negro ajustadísimo, una blusa roja de gran escote y una chaquetilla negra. Tacones, como siempre, para afianzar ese movimiento de caderas que enloquece a cuanto humano tenga cerca y el pelo suelto, rizado para la ocasión. Puse un codo en la barra y recosté a la palma de mi mano la cabeza, justo frente a ella hasta que llegó el contacto. Me miró y sonreí, pude sentir cómo le tamblaron hasta sus hermosas rodillas y retrocedió, salió rápidamente del ángulo de mi mirada. Fue tan fuerte que Chagal tuvo que mirar a su espalda para encontrarse con que ya yo estaba allí, trabajando. No lo pudo evitar, me lo confesó tiempo después y me habló:

-Hola, buenas noches, ¿nos conocemos de alguna parte?

Yo bajé la cabeza, tímida, los hombres calientes son tan impredecibles.

-Soy médico, quizá nos hemos cruzado en la sala de emergencias-y él también saboreó mi respuesta.

-¿Nos acompañas o esperas a alguien?

-Estoy sola y ya estaba empezando a aburrirme.

Nos mudamos a una mesa y yo quedé entre los dos, por supuesto. Pero esa noche no me interesaba Chagal, no era mi punto de mira, sino aquella mezcla de salvajismo con virgen. Chagal empezó a hacer preguntas, a beber una copa detrás de la otra, era el más nervioso de los tres, no sabía si llevarme al baño y clavarme contra el cristal o arrepentirse y contar toda la verdad. Creo que le dio también un ataque de celos, si resultaba, su amiga disfrutaría la mejor de las madrugadas posibles, gozaría como nunca en su vida lo había hecho.

Eventualmente comenzó a hablar menos por el efecto del alcohol, entonces yo me pude dedicar por entero a mi Paloma que ya no estaba asustada aunque sí curiosa.

-No tienes manos de médico-dijo mirándome cuidadosamente.

-No eres la primera persona en decírmelo, pero con estas manos, hago cosas maravillosas querida-y bajé la derecha poniéndosela de un movimiento, seguro, directo, entre sus dos muslos, tan cerca de la vagina que pude sentir el calor que la invadió desde los pies hasta la punta del pelo. Paloma me miró seria, quería gritarme, hubiera querido poder pegarme aquella galletada que tenía en la palma de la mano, decirme que era una atrevida, preguntarme entre gritos cómo me atrevía a hacer aquello; pero no dijo ni hizo nada, suspiró, me sustuvo la mirada y bajó sus escudos. Saqué mi mano de entre sus piernas y me la llevé a un reservado después de hacerle la seña al barman.

Cuando la senté en el sofá rojo, amplio, listo y cansado de aquellas batallas, pude sentir cómo todo su cuerpo me rogaba que parara y al mismo tiempo que fuera dulce, tierna, que la cuidara. “Eso es justamente lo que pienso hacer”, pensé. La iba a tratar como la princesa que era, solo quería que entendiera, que perdiera el miedo, que el placer le diera fuerzas para gritar aquella verdad.

Estaba sentada y se recostó hacia atrás, yo me puse de rodillas en el piso frente a ella. Comencé besándole las piernas y ella se arqueba con cada roce de mi aliento. Mi lengua recorrió, milímetro a milímetro sus geografías sin prisa, no quería perderme nada y de vez en cuando levantaba mi vista para confirmar que el viaje de Paloma ya había empezado, se me escapaba hacia ese lugar con el que sueñan todos. Llegué y no se enteró cómo, con un movimiento de dos dedos, despejé su blumer de la ecuación. Me miró, había llegado el momento definitivo, nadie está preparado para la verdad, para la dureza de las realidades inevitables y ella intentó incorporarse. De este momento dependía mi vida, mi juego, jamás me han devuelto un pasaporte y con mi otra mano la empujé hacia atrás, casi con violencia, tenía que entender que yo tenía el poder, que yo era la que sabía a dónde ir y cómo. Mi boca estaba llena de saliva y dejé que se desparramara por su clítoris que gritaba alterado. Calor, recuerdo que estaba muy caliente, que me hizo sudar la cara y que no paró de temblar ni un segundo. La segunda vez que acaricié con mis labios su labios, se desmayó por completo, me dio sus armas, se entregó, entonces le abrí las piernas y las pasé por encima de mis hombros, me senté en el piso y con mis dos manos dejé su vida al descubierto. Investigué con mi lengua, jugué despacio, más rápido, arriba, abajo, en los costados, le di pequeñas mordidas que la hacían saltar, llené de saliva el borde del sofá, el piso y Paloma se desintegró mientras ahogaba un gemido que vino desde el mismo centro de su ser, un gemido prehistórico, antiguo, demorado. Perdió la conciencia por algunos segundos, se dejó caer, su cuerpo le pesó toneladas y cuando abrió los ojos, pude ver en ellos a otra mujer. Ese día le nacieron las alas a esa Paloma.

Hace una semana llamó para decirme que iba a llegar a mi buzón la invitación a su boda, se casa con Inés, otra bella mujer que también estuvo en mi cama. Sospecho que van a ser muy felices, pero ella sabe que siempre estaré aquí, las dos, pero sobretodo Paloma.

Sarah Blaim, marzo 2016.

LUCAS

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A Lucas Grima lo perseguí. Jamás me contactó, ninguno de sus conocidos hubiera tenido el valor de recomendarle mis servicios, hubiera sigo una locura mencionarlo. Fue uno de esos días que me regalo para ser alguien común. Desperté como a las 9 de la mañana, me preparé una buena taza de café y me senté en mi ventana a leer. No recuerdo cuál era el libro, pero me gusta en esos pequeños regalos leer a García Márquez. Puede ser que esa mañana caliente hubiera preferido, “El general no tiene quien le escriba”. Cuando el sol estuvo encima de todo me levanté y almorcé, entonces encendí el televisor y lo vi.

-Tiene usted un antecedente familiar muy fuerte, su padre es un ícono de la televisión, ¿qué tan difícil le es seguir sus pasos?-el locutor le preguntó aquello que sospeché que ya había respondido muchas veces.

Lucas se acomodó en su silla. Tenía alrededor de 40 años pero aparentaba 10 más. En esta profesión he aprendido a diferenciar la edad real de la aparente, los signos del rostro me lo dicen, las maneras, los tonos y las inflexiones en la voz lo confirman. Me encanta jugar a eso, descubrir los engaños. Los hombres también le temen a la edad, me atrevería a decir que mucho más que las mujeres. Vestía todo de negro, con un traje elegante pero no hecho a la medida, seguramente uno de esos que su esposa Verónica le compraba para que no anduviera “siempre hecho un harapo”.

-Mi padre es un hombre genial, de los que nacen una vez en siglos, no hay manera de seguirle los pasos-la respuesta no era sincera, detrás de cada palabra, de cada coma pude sentir el dolor de semejante referente, el peso de la figura paterna, del famoso de la familia, del ejemplo perturbador.

Pensé que ese podía ser uno de los motivos de la tristeza alrededor de los labios de aquel hombre que parecía tenerlo todo y sin embargo, no tenía nada. No lo pude evitar, aun siendo mi día abrí la laptop y lo busqué. Sí, era famoso, millonario, poseía uno de los canales de televisión más famosos de España, estaba casado con la madre de sus tres hijos desde hacía 25 años y era considerado un tipo de negocios fiel, agradecido, leal, además de un excelente jefe. Me sorprendió no encontrar ningún escándalo a su alrededor, ninguna infidelidad conocida, ningún hijo bastardo. Parecía una novela y sé que las novelas solo existen en la mala televisión.

-Muchas gracias por invitarme a tu programa, sabes que admiro mucho tu trabajo- Lucas se despidió y entonces, como si supiera que yo estaba del otro lado miró fijo a la cámara. Ese hombre no era feliz y lo merecía, era una tarea para Sarah.

Llegué a la recepción invitada por mi estilista que a su vez era maquillista de su canal. Era la fiesta por fin de año de la compañía y le pedí ir.

-¿Por qué tan interesada, a quién pretendes cazar?

-Necesito que me presentes a Grima-le dije con esa seguridad que él reconoce a mil leguas, sabía que hasta que no lo hiciera no me iba a detener.

Usé un vestido negro hasta el suelo, con cuello alto y mangas largas. Detrás, un escote amplio revelaba las curvas de mi espalda y una abertura dejaba mi pierna derecha al descubierto al sentarme. Nada de joyas, solo un anillo de compromiso que uso en fechas muy señaladas, una reliquia, un obsequio. Nos presentaron cerca de la medianoche, lo había observado por dos horas y veía cómo se marchitaba con cada saludo, con cada sonrisa forzada. Extendí mi mano cuando él esperaba que lo besara.

-Buenas noches, Sarah.

Remi se apresuró:

-Sarah es abogada, está de visita en nuestra ciudad.

Yo solo lo miraba, fijo, estaba cazando, en ese momento era una amazonas, una guerrera a las puertas de su enemigo, todas mis armas arriba y él no llevaba la armadura lista.

-Estas fiestas lo desangran Señor Grima- le dije sin dejar de mirarlo y bajó la mirada unos segundos.

Le empezaron a sudar las manos y aguantó la respiración. Esos hombres saben que los observan segundo tras segundo.

-No podría ser tan buena anfitriona, lo felicito- y dejé que una sonrisa terminara de iluminar mi rostro y el suyo. No pudo, se sonrojó hasta el alma y consiguió decir las primeras palabras.

-Muchas gracias.

Miré a mi alrededor y decidí dar el golpe final. Normalmente no utilizo este tipo de atajos, pero Lucas es un tipo difícil y me caí un poco hacia él. Dejé que oliera mi perfume, me puse la mano en la frente, temblé un poco.

-Perdón, estoy algo mareada, necesito algo de aire – e intenté caminar sola hacia el balcón a oscuras.

Lucas es todo un caballero, ni en el peor de los casos hubiera permitido que saliera sola y me acompañó.

-¿Qué le puedo traer, un vaso de agua fría, quiere que llame a un médico?- estaba preocupado, era un buen hombre.

-No, gracias –forcé un poco más mi voz de enferma – solo necesito tomar un poco de aire, siempre me pasa cuando hay demasiadas personas.

Lucas me miró y le permití observar mi espalda  sin sentirse observado.

-Yo soy parecido, lo único que a mí no me queda otro remedio.

-Los compromisos, esos terribles remedios, todas esas cosas que debemos hacer para complacer al mundo, qué triste- cerré los ojos y le pedí que me llamara un taxi.

-Disculpe, sé que tiene tantas cosas que hacer.

-Voy a llamar a mi chofer, él se encargará.

-No, qué vergüenza, de ninguna manera- y mi cuerpo volvió a desequilibrarse por un mareo.

-Si no fuera tan buen anfitrión la llevaría yo mismo.

No estaba en los planes que yo sonriera, pero no lo pude evitar. Esa noche fue la primera de muchas en las que Paco me llevaría a casa.

Sarah Blaim, marzo 2016.

EMILIO

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Emilio es lindo. Lo conozco hace alrededor de 5 años. Todavía de vez en cuando hablamos de la primera vez aunque a él lo averguence un poco. Si tuviera que usar una metáfora de cómo llegó a mí, diría que apareció en la puerta de mi casa un día de madrugada mientras llovía a cántaros como un perro abandonado, sucio y lleno de llagas malolientes. Temblaba y ya no es parte de la metáfora, tampoco lo es que llovía a cántaros el día que recibí su llamada.
Había decidido no salir, no me gusta manejar bajo la lluvia y cuando estaba a punto de apagar mi celular y desconectarme del mundo, comenzó a sonar. Como siempre, solo números. Incluso cuando conozco ya a los contactos, no hay nombres en mi agenda, solo racimos de números.

-Hola

Escuché una respiración agitada del otro lado de la línea, no debía estar muy lejos, porque de donde venía la llamada también estaba lloviendo.

-Hola -dije de nuevo mientras me asomaba a la ventana.

-Buenas noches.

Emilio es lindo y tiene una hermosa voz. Siempre le he dicho que ha perdido una encantadora carrera como locutor de radio.

-¿Sí? -enseguida me di cuenta que era nuevo, no solo conmigo, sino en el giro.

-Mi nombre es… Pascual, un amigo suyo me dio su teléfono…quería saber si…¿me podría…atender…hoy?- Emilio logró terminar su oración y descubrí uno a uno sus baches, empezando por aquel nombre espantoso que no podía ser el suyo.

-Hoy va a ser complicado para mí…-entonces me interrumpió.

-Solo quiero hablar.

Fue la oración más firme que le he escuchado decir en la vida y fue tanto así, que me convenció.

Casi siempre nos vemos en la habitación del HoluPlus. Adoro el hotel, la vista, las sábanas, nuestra habitación fija, la disposición de los muebles, el sonido del aire acondicionado, la comida, la temperatura del vino blanco. Esta vez Emilio llegó tarde y yo estaba lista hacía más o menos 30 minutos. Le gusta el negro, nada original, muchos hombres prefieren el negro y he descubierto que casi todos los que tienen esta preferencia sufren de traumas maternos (pero eso será otro tema). Para Emilio siempre me pongo convencional, puta pero ejecutiva. El encaje siempre funciona, las medias, los tacos de punta fina, el pelo recogido solo con una hebra que baje por el cuello hasta la mitad de la espalda, aretes pegados y casi imperceptibles. No uso tanga, sino un blumer que resalta el borde de mis nalgas y que lo enferma porque no muestra, sino que sugiere. Uso las uñas cortas, siempre ha temido a las marcas y prefiero quitarle esa preocupación. Maquillaje impecable, de concurso, preferiblemente de femme fatal, labios rojos, ojos perfecta y trágicamente delineados.

Cuando entró, yo estaba semiacostada en el sofá blanco que conoce de memoria nuestras formas y bebía la segunda copa de champagne.

-Perdón

-Shh, esa  palabra no existe Emilio.

Llegó sudado, agitado, había subido por las escaleras porque la espera del ascensor le pareció eterna y ahí estaba. Lo conducí despacio al baño, su demora me había permitido llenar el Jacuzzi, ponerle los pétalos de rosa que me llegan congelados una vez a la semana desde La India y me cuestan una fortuna (fortuna que pago feliz porque conozco de todos sus increíbles efectos). En el agua tibia del Jacuzzi solo los pétalos porque él no soporta las burbujas, le recuerdan a su esposa.

-Ven querido, déjame quitarte toda esa ropa sudada -le hablé despacio, como siempre, murmurando. A veces creo que no me escucha lo que digo de tan suave que le hablo.

Fui quitando una a una sus prendas, acariciándolo apenas con el rumor de mis manos, el olor de mi lengua apenas rozándole el pelo que cubre su piel. Cuando estuvo desnudo completamente, ya estaba tranquilo, ya sus pupilas habían vuelto a su lugar, su respiración era calmada, su pecho subía y bajaba uniformemente. Lo invité a sumergirse en mis aguas. Emilio conoce el efecto, sabe que es el pasaporte a un viaje sin regreso, que dura aproximadamente dos horas y en el que no tiene que hacer absolutamente nada, solo dejarse llevar, cerrar los ojos, dejarse hacer. Las primeras veces, ya hace mucho tiempo, se resistía, quería corretear, terminar sin aire, con dolor en el pecho y la espalda, vencido, a punto del desmayo, del infarto. Después entendió y por eso estaba ahí, metido hasta el cuello en el Jacuzzi que es tan grande que le permite estirar las piernas.

-Espérame un segundo.

Caminé sin prisa, sintiendo cómo su vista me recorría toda, se fijaba en la hebra suelta por el medio de la espalda, en la entrada de mis nalgas que se mecían firmes debajo del encaje negro, en mis muslos engrasados, dispuestos uno delante del otro, en mis pies descalzos, limpios, pequeños, seguros. Me perdí de su ángulo de visión y puede sentir cómo su cuello se extendió buscándome en vano.

Cuando regresé con las dos copas, la botella y el libro, ya Emilio tenía una erección fatal, fatal porque no permite juegos, porque es directa, inminente.

-Ven, te he extrañado -me dijo mientras extendía ambos brazos.

-¿No vamos a leer? – pregunté apartando el libro y conociendo su respuesta.

-Hoy no.

No me dio tiempo a nada, me metió bajo el agua, me corrió mi encaje de 200 dólares recién estrenado y me penetró con prisa. Levanté la cabeza y le mostré mi cuello. Lo enferma mi cuello, mi respiración incómoda y me reí. Lo conozco tanto que podría jurar que lleva dos semanas sin tener sexo. Seguramente por una de esas peleas estúpidas con su esposa, lo más probable es que esté de nuevo durmiendo en el garaje y que no haya encontrado otro espacio en su agenda para este encuentro. Cuando está así se desboca y lo dejo, paso a ser la yegua montada, la muchacha violada, la adolescente en el asiento trasero del carro. Cuando sus ojos se desorbitan de mirarme los senos me porto como la puta de la esquina, la vecina harta también del marido, cansada de la cocina, la grasa, de fregar los pisos. Lo dejo lastimarme y gozo para que goce haciéndolo.

-Ven -le dije en cuatro, fuera del Jacuzzi, llenos de agua, de rosas, resbalosos.

-No me hagas esa mierda.

-Duro, cógeme duro-y me solté el pelo de un tirón. Cuando Emilio viene agresivo la única forma de hacerlo terminar pleno, sin cargos de conciencia, es siendo más terrible que él.

-No la siento, ¿eso es todo lo que tienes para mí, después de dos semanas esa es la cogida que le vas a dar a tu puta?- y me empiné más y partí mi cintura. A veces siento como que se separa de mi cuerpo, que es un apéndice, ajeno, particular.

Conozco la vista desde ese ángulo, es infalible, es un jaque mate, un disparo a la cabeza y aunque no lo pude ver, sé que Emilio cerró los ojos, que intentó frenarse, que se dio cuenta que había cometido el mismo error de muchas veces, que se había dejado arrastrar por el deseo animal que lo hacía débil y pensó en los delfines, en el nuevo proyecto de edificio que le había traído tantos dolores de cabeza, en los planos que debía negociar con el Alcalde al otro día, pero nada. Cuando da el mal paso, la mala pisada, cuando se deja llevar por el instinto siempre termina igual.

-Mierda, eres una puta- y se vino, intentando aguantarlo, guardárselo de nuevo, con placer y dolor, con goce y verguenza.

-Sí, lo soy- e hice el último movimiento de la partida, el que tumba al rey en medio del tablero. Me viré y lo miré, sin dejar de empinar las nalgas, sin dejar de apretársela con todos los músculos de mi vagina que entreno día a día, con mi pelo sobre la espalda y sin poder evitarlo, se vino de nuevo.

Cayó sobre mi espalda, sin poder hacer nada, sin poder mover uno solo de sus músculos, vencido ante sus propias ganas, ante su propio olor de macho buscando a su presa. No recuerdo bien pero seguramente me pidió disculpas 10 veces antes de que el sueño le ganara la otra pelea que intentó librar ese día. No le dije nada, pero yo había vencido, le había dejado con ese gusto a placer. Para esos segundos es que vivo, en torno a esos segundos de éxtasis de cada hombre que conozco se desarrolla mi existencia, ahí está mi placer, mis ansias saturadas, mi goce.

Estoy segura que regresó a su casa con esa sonrisa que solo yo conozco el sitio de donde sacarlas, hizo las pases con su esposa a la que no dejará por nada del mundo porque la ama más que a sí mismo, que la reunión con el Alcalde al día siguiente fue un éxito y que el ramo de girasoles indios que recibí 48 horas después fue otra de sus maneras de decir gracias.

Para esto vivo, no tengo preferencias entre mis clientes, pero Emilio es un tipo lindo.

Sarah Blaim, Marzo 2016.